Liderazgo, transparencia y… ¿políticos?

1777890Chillán [Mayo 2015] ¿Te has sentido engañado alguna vez? Lo más probable es que muchas veces. Considera que para que exista engaño, primero debe haber confianza. En otras palabras, el engañador debe tener credibilidad de parte del engañado.

Por ejemplo, en el comercio se ofrecen productos o servicios atractivos, que luego de ser consumidos nos hacen sentir defraudados, porque no era lo que esperábamos. Antiguamente, era muy común que las empresas confundieran a los consumidores con el tamaño de los productos, debido a que la TV permitía dar la impresión de que el producto sería grandioso aunque, finalmente, no era gran cosa.

Observe que el engaño se hace aún más serio cuando el engañador tiene un gran deber moral ante el engañado. Imagine unos padres que constantemente mienten a sus hijos. Los hijos confían en sus padres. Pero si los padres presentan una conducta engañadora, tarde o temprano los hijos sabrán que no es confiable lo que sale de la boca de ellos.

Una situación deshonrosa a gran escala es la desilusión que los chilenos sienten frente a los líderes y autoridades del país. Para muchos políticos, la mentira se ha convertido en el recurso más barato para conformar las conciencias de los ciudadanos que descubren sus engaños y fechorías. Parece ser que nuestros políticos piensan de la siguiente manera: “no importa si robo, lo importante es que no me sorprendan”, “no importa si utilizo mi influencia ilegalmente, lo importante es no ser descubierto”, “no importa si utilizo mi autoridad política para…”, etc. Esta es una acusación muy fuerte, pero nuestros líderes políticos nos han dado el derecho de pensar así, después de ser descubierto un engaño tras otro. Unos meses atrás apareció una senadora diciendo en TV que nunca pidió dinero para su campaña; luego se descubre que realmente lo hizo. Posteriormente aparece diciendo que lo hizo “legalmente”. Si la primera vez fue una mentira, ¿por qué la segunda será una verdad?

¿Qué es lo que debería esperar la ciudadanía ahora? Si nos prometen autoridades correctas y líderes transparentes, ¿les creeremos? ¿Es posible que no exista un solo político con vocación? Todas estas son preguntas válidas dada la pérdida de confianza que se ha sembrado.

En el mundo privado, el dinero lleva al poder. En el mundo de la gestión pública, el poder lleva al dinero. La gran diferencia es que en el primer caso, es sabido que el empresario busca aumentar su capital. En el segundo, se supone que no.

Lamentablemente, un cambio masivo de gabinete no asegura que se designe a personas moralmente correctas, sólo asegura colocar a quienes aun no han sido sorprendidos.

Mi propuesta puede ser un poco exagerada para algunos, pero si la política no tuviese incentivos económicos, sería más fácil captar autoridades con vocación. La idea es que no se persiga el poder en función del dinero. Sino que se persiga el poder para gestionar el bienestar del país. Creo que todos aquellos que ambicionen un cargo público deberían pagar el costo de declarar su capital desde el inicio al final de su vida política, detallando cada ingreso. Eso sería transparencia y solo entonces la trilogía: “liderazgo, transparencia y política”, sería posible.

Publicado en La Discusión