Incentivos: del hogar a la sociedad

Chillán [Noviembre 2014] Todas las acciones que realizamos y las decisiones que tomamos racionalmente son influenciadas por incentivos. Estos incentivos existen de acuerdo a las motivaciones que tenemos. Por ejemplo, para una persona con vocación de servicio, el tamaño de su sueldo no es un incentivo para su desempeño profesional.

El asunto de los incentivos es muy importante en el mundo de hoy, donde no se debe obligar a las personas a que se comporten de una forma específica. Por lo tanto, los padres entregan incentivos a los hijos para que se comporten de forma adecuada, las empresas entregan incentivos a los trabajadores para que rindan de una forma esperada y el gobierno genera incentivos para que las empresas se comporten de forma ética y responsable, y finalmente, la decisión de comportarse “correctamente”, es propia del individuo: no se obliga a nadie.

Sin embargo, aunque el gobierno, las empresas y los padres entreguen incentivos esperando un comportamiento positivo, la sociedad igualmente provee de incentivos, pero muchas veces negativos. En economía, se llama a éstos: incentivos perversos. Por ejemplo, las AFP les cobran lo mismo a sus clientes sin importar si estos pierden o ganan en sus fondos ¿tienen incentivos para aumentar la renta futura de sus afiliados? Un médico que atiende sólo por consulta particular, no por FONASA ¿estudió medicina incentivado por el servicio a la sociedad? Y así se pueden encontrar otros ejemplos.

En este sentido, el gobierno diseña y rediseña instrumentos para fiscalizar el comportamiento ético a nivel público y privado, construyendo mecanismos de incentivos económicos. Pero, ¿has pensado si los países más desarrollados poseen mejores incentivos que los nuestros, y por eso “son mejores” en términos económicos y cívicos?

Creo que la respuesta no está en, simplemente, construir incentivos externos, sino que la mayoría de éstos debieran ser internos. Observa esta idea, continuando con el ejemplo de la crianza de los hijos: después de varios años de educación impartida en casa, los niños y jóvenes hacen lo correcto, no porque saben que recibirán un incentivo o castigo, sino porque saben que es un deber ante sus padres, a quienes aman, saben que tienen participación en una sociedad y son responsables con ello, y se ha formado en ellos (con mucha dedicación de sus padres) una estructura moral inquebrantable. Donde ahora el joven no se comporta como el resto de sus pares, sino como aprendió en casa que un ciudadano debe hacerlo. Y este ciudadano responsable, al tomar participación en una empresa, como obrero o profesional transmitirá esta conducta moral y ética en todo lo que hace y la empresa ya no necesitará incentivos para ser socialmente responsable porque los que la dirigen ya lo son. Y el gobierno, dirigido por este mismo tipo de personas, ya no necesita dedicar recursos a fiscalización ni construcción de incentivos, porque todo el entorno económico, responde a una misma regla ética.

Todo esto es utópico. Pero mi opinión es que la sociedad corrupta en la que hoy participamos es sólo el resultado de los incentivos impartidos al principio de esta cadena de acontecimientos: en el hogar, que es la base de la sociedad.

Publicado en La Discusión