Chillán [Enero 2015] El capitalismo es un concepto muy vapuleado últimamente. Puede ser incluso un tabú. Pero se debe decir que ni una economía de libre mercado, ni una economía centralizada son malas o buenas per-sé. Lo que sucede es que ambos mecanismos requieren de un equipo “humano” que construya y supervise las reglas del juego. Y sucede que estas personas suelen estar sujetas a carencias morales que ensucian, cualesquiera sean, las doctrinas económicas en régimen. Por un lado, si el Estado permite que la economía se auto-regule (capitalismo), los líderes políticos buscarán beneficiarse del proceso de esta “libertad” económica. Por otro lado, si el Estado regula rigurosamente la economía, las personas que trabajan en dicho Estado -y con suficiente autoridad- buscarán beneficiarse igualmente. Entonces, aunque ningún régimen es malo, terminan siendo ambos malos por quiénes los encabezan. En otras palabras, no es culpa del tipo de mercado, sino de los que participan de él.

Pero no es realmente que a las personas no les gusten algunos “puntos de doctrina” del capitalismo, sino que les molesta que el capitalismo haga más ricos a otros, que a ellos mismos. Y lamentablemente este es un asunto es tan real como doloroso. El libre mercado hace más rico al rico, y más pobre al pobre. El capital atrae más capital. Tal como la evolución sostiene, el más fuerte sobrevive y el débil debe morir. Pero (se supone) no estamos en un contexto salvaje, sino en una sociedad que busca el desarrollo. Aunque el capitalismo ofrece oportunidades, tristemente, muchas más a los ricos. Las razones son múltiples: favores de gente con ubicaciones políticas estratégicas, recursos monetarios, información, etc. Los pobres… ninguna de las anteriores. Pero el Estado se escuda al decir: “nosotros construimos oportunidades para quienes no nacieron en cuna de oro”. Y efectivamente, esa es su labor. Pero los noticieros nos informan de becas, fondos de inversión, licitaciones y toda gama de recursos públicos ganados por personas social y económicamente privilegiadas. Entonces, ¡hay que cambiar de gobierno! Tampoco, porque se trata de partidos políticos, no de partidos pro-ética. Desde Roma hasta acá, los partidos políticos son el viejo pascuero de una inocente e ilusa sociedad: nunca recibes lo que pides… y al año siguiente le vuelves a pedir.

Hay que madurar para “poner la ilusión” en los verdaderos agentes de cambio de la sociedad: las familias. Y no hay partido político que verdaderamente se desgaste en este tema, y esto simplemente porque otros asuntos son más rentables (en términos de votos, claro).

La mecánica social-política es sencilla. Los partidos políticos están conformados por seres humanos tomados de la sociedad (o por ellos mismos) para representar un grupo de la sociedad. Pero, si 9 de cada 10 manzanas del cajón están podridas, ¿Cuál es la probabilidad de elegir la buena? Mirando desde este ángulo a la sociedad, no nos quedan muchas expectativas para ver un cambio en el corto plazo. Hay que jugar la única carta que queda, educar hoy moralmente una sociedad para el mañana. Si no lo hacemos hoy, mañana serán 10 las manzanas podridas.

Publicado en La Discusión

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